Tratado de las sensaciones
Por
Juan David Correa
Proyecto piel de Julio César
Londoño
Nadie duda de la inteligencia, lucidez
y perspicacia de Julio César Londoño, ganador del Premio Juan Rulfo de cuento
en 1998; escritor de crónicas y reportajes y ahora de columnas de opinión
en el diario El
Espectador. Y a quien lea Proyecto
piel, su primera incursión como novelista, no le quedará ninguna
sospecha de que el escritor vallecaucano es, sin duda, uno de los más
sobresalientes ensayistas y aforistas del país.
Pero todas las virtudes del escritor
son, desafortunadamente, los defectos del libro. El problema de Proyecto piel es que
es un ensayo sobre las sensaciones disfrazado de novela. Según lo dice en la
cintilla de presentación puesta allí por los editores, para William Ospina se
trata de “la novela que deberían darnos al llegar a este mundo”. Aunque solo
reflexioné en esa frase cuando terminé de leer, me parece que Proyecto piel no
sería entendida por nadie que apenas esté aterrizando en la Tierra. Primero,
porque su lenguaje es una máquina aceitada que necesita muchos años de
diccionarios y de lecturas, lo cual para nada es un defecto pero así no nos
traen al mundo, lamentablemente; y segundo, porque hay tal dechado de erudición
que uno no sabe si la mitad de los datos citados en el libro corresponden a la
ciencia, la filosofía, las matemáticas o la mamadera de gallo, y para
corroborarlos se necesitaría de un lector mucho más especializado en dichos
temas. Y yo, tristemente, no soy ese lector. Si esta es la novela que deberían
darnos al llegar al mundo creo que muchos no seríamos lectores de novelas sino,
con suerte, de enciclopedias, y el cínico sueño de Borges se habría cumplido.
La historia comienza con una extraña
conversación que sostienen dos hombres mientras beben en un bar. Óscar
Martínez, arquitecto, amante del ajedrez, de las mujeres bellas y del flemático
arte de no hacer nada, se encuentra con Manuel, un conversador sublime, de esos
que hasta borracho parece ser un genio por su astucia y contundencia en sus
variadas opiniones sobre lo divino y lo humano. Manuel le cuenta a Óscar su
loca idea de construir un museo donde quepan todas las sensaciones del mundo:
el tacto, el oído, el olfato, la vista y el gusto. Manuel tiene un hijo autista
llamado Felipe y una esposa, Lina, que podría ser una especie de Audrey Hepburn
con la inteligencia y el escepticismo de Lichtenberg, si hubiera nacido mujer.
El dichoso proyecto es financiado, al parecer, por unos socios poderosos que
están dispuestos en seguir a Manuel. Ese es el esqueleto de la trama.
La idea misma de la novela es extraña.
Piense el lector por un momento en que se enfrenta a una historia en la que la
tesis es lo importante, y no las emociones o el devenir de los personajes. La
tesis es la construcción de ese museo. Piense luego en que debe leer, para
conseguir entender cómo diablos se realiza eso, en cada diálogo y página
referencias a Newton, Napoleón, Alejandro Magno, los aerolitos, Kurt Gödel o
Albinoni, por citar apenas unos pocos ejemplos. Debe leer asimismo párrafos
cargados de frases apócrifas o ciertas atribuidas a gente como el astrólogo
francés Serge Raynaud de la Ferrière –“el azar es una progresión numérica
rigurosa, sólo que su razón nos es desconocida”– y pizcas de descripciones de
personajes que, otra vez para nuestra mala fortuna, tienen pretensiones
eruditas: “Lina es un fantasma cuyo espectro está en todas partes y su
sustancia en ninguna”.
Ese es el otro lado flaco de la
novela: los personajes no dan muchas señas de estar vivos. Y los únicos atisbos
de emoción en su corazón casi siempre son previsibles. En esta novela sobre las
emociones, digamos, hay una disección de las mismas, pero las acciones, los
gestos, la vida más común, la de todos los días, no aparecen mucho. Óscar se
enamora en silencio de Lina. Manuel ve cómo su relación con la diva se enfría.
Y Felipe, desde su autismo profundo, da apenas dos señas de despertar a partir
de la aparición del mismo Óscar y de un episodio algo inverosímil ocurrido en
el pasado. Resulta, le cuenta Lina a Óscar, que Felipe construyó un día un
extraño “armatoste” hecho de chatarra, que hizo levantar del suelo. Ese fue el
único día en que Felipe abrazó a su madre. Manuel, el emocionado padre, llevó a
dos funcionarios de la fuerza aérea para que vieran esa especie de insecto
salido de Mad Max. Pero el buen Felipe se horrorizó para nunca más salir de su
encierro. Y Manuel, el conversador intachable, el pedagogo, esa suerte de
Sócrates posmoderno que controvierte todas las opiniones, jamás ha podido
superar el dolor de aquella experiencia. Por eso construirá un museo de las
sensaciones: para que su mujer sea abrazada por ese hijo ausente.
Óscar, pues, entra a la vida de la
extraña pareja para ser una suerte de alumno de Manuel, mientras en secreto le
dedica frases de amor a Lina y traba amistad y contacto con el pequeño Felipe a
través del ajedrez. Éste parece ser otro motivo central de la novela, y digo
“parece” porque no encontramos nunca una reflexión sobre el genio de ese juego
inventado por los árabes. Apenas atisbos necios sobre cómo el juego es el que
permite que la trama, poco a poco, eche mano de repetidos deux ex machina que
dejan la sensación de que, más allá de las frases impecables y de ciertas reflexiones
interesantes –“el humor es cosa de instantes, cuando te lo ofrezcan por kilos,
desconfía”; “el suspiro es un aire que sobra por algo que falta”–, la trama se
fue haciendo a medida que el autor se acordaba de que las novelas suelen tener
acción. Da fe de lo anterior un episodio en el que Óscar y Manuel sufren un
accidente en la calle. Manuel entra en un coma profundo y Óscar recuerda que en
su oficina hay unos fondos sin utilizar que le sirven para salvar al buen
Manuel. Son treinta mil dolaretes que aparecen de la nada. Como de la nada
aparece, al otro día, y en un periódico, un curioso aviso promoviendo un
concurso de ajedrez para aficionados cuyo premio es... ya lo adivinaron,
¿verdad? Óscar gana el concurso con la ayuda de Felipe, el chico autista, y la
novela sigue su camino de digresión en digresión.
Al final de la lectura –después de
tres epílogos que operan como el “qué pasó con...” de colofón–, uno siente que
la acción poco importaba a la hora de elaborar la idea de construir un proyecto
utópico llamado Museo
de las sensaciones. Solo le interesaba al autor, a mi modo de ver,
tratar de juntar en un mismo libro las intuiciones, lecturas, subrayados,
frases, aforismos, locuciones, proposiciones, dichos, versos olvidados y un
largo etcétera, en función de una historia que no por excéntrica es buena.
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