Ensayo

El reencuentro con lo salvaje de la mujer contemporánea

 Por: Luisa Fernanda Arias Jaramillo, autora del blog

Solemos pensar que los instintos y la palabra salvaje se refieren única y exclusivamente a los animales, sin percibir que aunque lo neguemos, esa también es nuestra condición natural como seres humanos. En medio de nuestro gran sistema cultural y social los instintos son un importante tesoro extraviado y la unión con nuestro lado salvaje puede significar un hallazgo de nosotros mismos.
Todos sentimos el anhelo de lo salvaje, y este anhelo tiene muy pocos antídotos culturalmente aceptados. Nos han enseñado a avergonzarnos de este deseo. Nos hemos dejado el cabello largo y con él ocultamos nuestros sentimientos. Pero la sombra de la mujer salvaje acecha todavía a nuestra espalda de día y de noche. Donde quiera que estemos, la sombra que trota detrás de nosotros tiene sin duda cuatro patas.(Pinkola, 1969, pág. 8).
La anterior cita, hace parte del prefacio de un texto, en el cual se hace un amplio y profundo estudio sobre los instintos perdidos de las mujeres y como recuperarlos.
“Aquí la palabra “salvaje” no se utiliza en su sentido peyorativo moderno con el significado de falto de control sino en su sentido original que significa vivir una existencia natural, en la que la criatura posee una integridad innata y unos límites saludables…” (Pinkola, 1969, pág. 13).
A lo largo de la historia del mundo, al menos desde la época cristiana, la mujer ha sido relegada a los rincones más oscuros desvalorizando su papel dentro de la sociedad e incluso impidiendo su desarrollo psíquico óptimo. Se ha perdido, de esa manera, la parte salvaje de nuestra naturaleza; constituyéndonos como mujeres pero parcialmente, limitado nuestro desarrollo a la medida que dictan las grandes maquinarias sociales y nos hemos ajustado a esos estereotipos, ya que sin esa faceta estamos aun incompletas, porque nos falta la sabiduría interior de una mujer salvaje.
Evitando con esto el encuentro con una misma y el reconocimiento de los más primitivos instintos, los cuales constituyen la esencia misma de nuestra naturaleza femenina salvaje (entendiéndolo como las bases intelectuales y emocionales sobre las cuales una mujer puede forjar su personalidad y su carácter). Como lo expresa Simone de Beauvoir, citado por (Villota, sin fecha, pág. 1)
El día en que la mujer pueda amar con su fuerza y no con su debilidad, no para huir de sí misma sino para encontrarse, no para renunciar sino para reafirmarse, entonces el amor será tanto para ella como para el hombre una fuente de vida y no de mortal peligro.
De Beauvoir en la anterior cita menciona la importancia del autoconocimiento como necesidad de las mujeres –y de los hombres, claro-  pues sin éste es supremamente complicado tener la suficiente autoestima para valorarse como persona, con cualidades y defectos, y para valorar a las otras; es también complicado amarse y amar cuando no se ha hecho un trabajo sobre el propio ser, es difícil aceptarnos tal como somos, reconocer esa parte desapercibida y aprender de nosotras mismas en condiciones de autodesconocimiento.
Así pues, planeteo en este texto, que el autoconocimiento es un importante aspecto para aprender a escuchar nuestros propios ritmos, reconocer los ciclos que nos rigen, como dice  (Pinkola, 1969) Nadar en las profundidades de nuestra mente para iluminar con nuestra presencia esa oscuridad. Se trata de hacer conscientes nuestros actos y comportamientos. Se trata de un paso fundamental en la reconstrucción de la real vida femenina, en comunión con nuestra propia naturaleza, y de paso reivindicarla en la sociedad.
La opresión que ha sido impuesta a las mujeres por la configuración de las sociedades en un sistema  patriarcal desde la edad antigua y hasta la actualidad  -que aún no logramos deshacernos de aquellas prácticas tan debilitadoras de la cultura-  el papel de la mujer, en el cual la iglesia ha ejercido un rol fundamental, satanizando cualquier práctica que no correspondiera a las impuestas.
Durante ese largo periodo de tiempo, aquel papel ha sido básicamente el de ser esclavas del hombre, traducido en formar un hogar, reproducirse y cuidar de él y los hijos; condenando a las mujeres que se atrevieran a no seguir las reglas o pensar -en el amplio sentido del verbo- de brujas y hechiceras, creando la connotación peyorativa que hoy concebimos sobre esas palabras.
Pero la bruja en un contexto arquetípico representa una poderosa diosa salvaje, “hace tiempo era un calificativo que se aplicaba a sanadoras, tanto jóvenes como viejas, en la época en que la religión monoteísta aún no se había impuesto en las antiguas culturas”(Pinkola, 1969, pág. 78).
Basta sólo mirar al pasado para evidenciar esta situación histórica, en la            que se han presentado numerosos casos conocidos e innumerables desconocidos de mujeres silenciadas, condenadas a la hoguera o cualquier otro tipo de muerte, como lo fue en el periodo de la inquisición, solo por seguir los concejos de su sabiduría innata o tratar de hacerlo, por reunirse con otras mujeres para compartir sus conocimientos y por cualquier otra cantidad de motivos fueron calificadas de brujas o hechiceras, conllevando a  su posterior condena y muerte.
Tal opresión ha sido quizá la responsable de que las mujeres accediéramos a renunciar a la sabiduría que nos es propia, -digo que es porque solo debemos recordarla, aun nos pertenece- . Olvidamos el significado de la vida instintiva, importante guía que si en nosotras todavía viviera, no sería posible, ni medianamente aceptable, la actual condición del papel femenino.
Las mujeres con el cambio de época, luego de la revolución industrial, pensaron que al lograr la independencia económica podrían vivir plenamente sus vidas y cumplir sus objetivos personales, pero eso solo sirvió para que ellas tuvieran una ocupación más, por lo tanto menos tiempo para desarrollar la vida interior.
Esa situación representa una carga para cualquier persona, en este caso para las mujeres, que además de no tener tiempo para conocerse a sí mismas ocupa también la energía disponible, porque al final del día los esfuerzos no suelen verse reflejados en metas cumplidas, ni en pasatiempos placenteros, lo que hace imposible la adquisición de habitos enriquecedores de los procesos psicológicos o espirituales, manifestaciones de creatividad o cualquier otro impulso instintivo.
La doctora Clarissa Pinkola señala en su libro las mujeres que corren con los lobos:
“Si no prestas atención a los tesoros que posees, éstos te serán arrebatados. Como vemos en el cuento de Barba Azul, las mujeres que no se conocen se vuelven presa, del sistema, del trabajo, de las responsabilidades, de ella misma.”(Pinkola, 1969, pág. 61).
La iglesia católica, en su forma de institución religiosa, ha sido una gran responsable en actos de represión y abuso del papel femenino, existen muchos casos que lo evidencian de este modo, como fue el ataque a Hipatia una maestra filosofa de  Alejandría en el siglo V o el de Juana de Arco en el XV, por mencionar solo algunos de los más conocidos, esto ordenado por el poder la “santa iglesia”.
Pero por suerte para nosotras no lograron  matar nuestro espíritu sabio, el cual sabe lo que le conviene y sobrevivió por siglos en el inconsciente colectivo un impulso rebelde que históricamente nos trajo a las mujeres contemporáneas hasta donde estamos, gracias a movimientos intelectuales que objetaron no solo por la condición de la mujer sino del ser humano en general como la ilustración y el feminismo.
Logramos llegar a un momento en el que contamos con una mayor libertad de decidir acerca de nuestras vidas (comparado con la épocas antiguas) aunque ésta no es del todo completa, pues aún se practican muchísimas formas de violencia y represión en nuestra contra, entre las cuales y tal vez la más grave, sea el acoso sexual.
También es incompleta nuestra libertad porque no solo se nos ha privado de una educación en lo que concierne a nuestra naturaleza femenina dejándonos indefensas ante los depredadores culturales. Aun no poseemos los recursos intelectuales ni la educación emocional completa para hacer uso de esa anhelada libertad, ni siquiera contamos con los recursos para aprender a conocernos.
Ese tipo de educación parece más bien un objeto que esconder, porque en Colombia estamos lejos de que esos aprendizajes nos sean infundidos, pues la cultura y los medios comunicativos promueven en su mayoría valores machistas, las instituciones están ocupadas generando espacios diferentes al desarrollo del ser como persona ética y moral y desde la familia, es imposible recibirla pues frecuentemente es permeada por comportamientos, aunque muchas veces inconscientes, machistas y opresores.
Pero no todo es oscuro. Existen Mujeres sabias, dispuestas a colaborar con otras para transmitir ese tipo de conocimiento y comprensión de nuestro mundo, desde lo que somos a lo que podemos ser.
Por lo tanto las mujeres contemporáneas, que no contamos con el tiempo ni la formación para comprender nuestro poder, nuestro fuego interno. Que somos también incapaces de darnos el lugar que merecemos y luchar por él, y que por eso los hombres son igualmente incapaces de reconocer nuestro potencial, por suerte hay algo que podemos hacer, y que si en realidad queremos que esas situaciones cambien debemos encomendarnos a una tarea:
Para que los hombres puedan aprender a resistir el poder femenino, está clarísimo que las mujeres tienen que aprender a resistirlo. Para que los hombres puedan comprender a las mujeres, éstas les tendrán que enseñar las configuraciones del femenino salvaje(Pinkola, 1969, pág. 78).
Debo reconocer que aunque son pocos los casos,  pues la mayoría de mujeres se encuentran sin uñas ni dientes para defender su naturaleza, existen  algunas que saben reconocer el poder que implica ser mujer, y se dan a la tarea de informar y educar a otras mujeres para que también sean conscientes de ello.
Son mujeres que han logrado una sanación del espíritu femenino y han dado un paso en la liberación, no solo para ellas, sino para todas las mujeres que vinieron luego. Ellas, fueron y son, mujeres que se revelaron ante el sistema opresor de sus cualidades y capacidades, para darse a conocer ante el mundo y dejar su legado en las siguientes generaciones.
La historia, así como se ha visto fuertemente marcada por la desigualdad de género y la injusticia, también ha contado con personajes que han hecho la diferencia ante tales condiciones, por fortuna nuestra. Estas amplias y públicas manifestaciones que se han dado por parte de personajes feministas, han sido posible gracias al cambio de época hacia la modernidad, que dio paso a los movimientos feministas e intelectuales, que no solo involucraron a personajes femeninos, sino que se vincularon también algunos hombres para apoyar la causa.
El paso hacia la nueva época nos ha permitido a nosotras cosas como el acceso a la educación básica y superior, el acceso a trabajos y otros beneficios, pero al mismo tiempo nos ha limitado el tiempo y la energía que podemos invertir en nuestra propia vida, para crecer espiritual e intelectualmente, además, en el imaginario colectivo todavía representamos un objeto de propiedad del hombre, esto se ve evidenciado en muchos discursos “feministas” como el que dio el presidente Barak Obama en el discurso inaugural de su segundo periodo: “nuestro viaje no habrá culminado antes de que nuestras esposas, nuestras madres y nuestras hijas ganen un salario equiparablecon su esfuerzo” Presidente Obama citado por (Sanín, 2015).
Para liberarnos de este gran sistema de opresiones y limitaciones nos falta aún recorrer un camino muy extenso, pero el principal paso que debemos dar todas y cada una de las mujeres es reencontrar la sabiduría que habita en nuestro inconsciente, despertar esa anciana salvaje, y sanar nuestros instintos, estas son tareas psíquicas imprescindibles que nadie podría realizar por nosotras.
La cura por tanto para la mujer ingenua como para aquellas cuyo instinto está lesionado, es la misma: practicar la escucha de la propia intuición, la propia voz interior; hacer preguntas; sentir curiosidad; ver lo que se tenga que ver, oír lo que se tenga que oír.(Pinkola, 1969, pág. 62).
Familiarizarnos con esta faceta de lo femenino es una cura para nuestros espíritus que puede facilitarnos los medios para luchar por nuestra posición en el mundo y nuestros intereses como mujeres. Una sugerencia que podría hacer en este caso es recomendarle al lector el libro que cito durante todo el escrito: Mujeres que corren con los lobos, pues este es una gran ayuda para crecer en estos aspectos tan importantes de nuestras vidas interiores; ya que se trata de un amplio estudio y la recuperación de los cuentos de las antiguas tradiciones, y sobre ellos el análisis del simbolismo arquetípico que contiene cada uno.

Bibliografía

Pinkola, C. (1969). Mujeres que corren con los lobos.
Sanín, C. (2 de Abril de 2015). Revista Semana. Recuperado el 16 de abril de 2015, de Compartir Mundo: http://sostenibilidad.semana.com/opinion/articulo/compartir-mundo-carolina-sanin/32777

Villota, N. S. (sin fecha). www.repository.eafit.edu.co. Recuperado el 16 de Abril de 2015, de Una libre historia de amor: https://repository.eafit.edu.co/bitstream/handle/10784/1191/NataliaMar%EDaSof%EDa_P%E9rezVillota_2012.pdf?sequence=1

No hay comentarios:

Publicar un comentario