El
reencuentro con lo salvaje de la mujer contemporánea
Solemos pensar que los
instintos y la palabra salvaje se refieren única y exclusivamente a los
animales, sin percibir que aunque lo neguemos, esa también es nuestra condición
natural como seres humanos. En medio de nuestro gran sistema cultural y social
los instintos son un importante tesoro extraviado y la unión con nuestro lado
salvaje puede significar un hallazgo de nosotros mismos.
Todos
sentimos el anhelo de lo salvaje, y este anhelo tiene muy pocos antídotos
culturalmente aceptados. Nos han enseñado a avergonzarnos de este deseo. Nos
hemos dejado el cabello largo y con él ocultamos nuestros sentimientos. Pero la
sombra de la mujer salvaje acecha todavía a nuestra espalda de día y de noche.
Donde quiera que estemos, la sombra que trota detrás de nosotros tiene sin duda
cuatro patas.(Pinkola, 1969, pág. 8) .
La anterior cita, hace parte
del prefacio de un texto, en el cual se hace un amplio y profundo estudio sobre
los instintos perdidos de las mujeres y como recuperarlos.
“Aquí
la palabra “salvaje” no se utiliza en su sentido peyorativo moderno con el
significado de falto de control sino en su sentido original que significa vivir
una existencia natural, en la que la criatura posee una integridad innata y
unos límites saludables…” (Pinkola,
1969, pág. 13) .
A lo largo de la historia
del mundo, al menos desde la época cristiana, la mujer ha sido relegada a los
rincones más oscuros desvalorizando su papel dentro de la sociedad e incluso
impidiendo su desarrollo psíquico óptimo. Se ha perdido, de esa manera, la
parte salvaje de nuestra naturaleza; constituyéndonos como mujeres pero
parcialmente, limitado nuestro desarrollo a la medida que dictan las grandes
maquinarias sociales y nos hemos ajustado a esos estereotipos, ya que sin esa
faceta estamos aun incompletas, porque nos falta la sabiduría interior de una
mujer salvaje.
Evitando con esto el
encuentro con una misma y el reconocimiento de los más primitivos instintos,
los cuales constituyen la esencia misma de nuestra naturaleza femenina salvaje (entendiéndolo
como las bases intelectuales y emocionales sobre las cuales una mujer puede
forjar su personalidad y su carácter). Como lo expresa Simone de Beauvoir,
citado por (Villota, sin fecha, pág. 1)
El día en que la mujer pueda amar con
su fuerza y no con su debilidad, no para huir de sí misma sino para
encontrarse, no para renunciar sino para reafirmarse, entonces el amor será
tanto para ella como para el hombre una fuente de vida y no de mortal peligro.
De
Beauvoir en la anterior cita menciona la importancia del autoconocimiento como
necesidad de las mujeres –y de los hombres, claro- pues sin éste es supremamente complicado
tener la suficiente autoestima para valorarse como persona, con cualidades y
defectos, y para valorar a las otras; es también complicado amarse y amar
cuando no se ha hecho un trabajo sobre el propio ser, es difícil aceptarnos tal
como somos, reconocer esa parte desapercibida y aprender de nosotras mismas en
condiciones de autodesconocimiento.
Así
pues, planeteo en este texto, que el autoconocimiento es un importante aspecto
para aprender a escuchar nuestros propios ritmos, reconocer los ciclos que nos
rigen, como dice (Pinkola, 1969) Nadar en las
profundidades de nuestra mente para iluminar con nuestra presencia esa
oscuridad. Se trata de hacer conscientes nuestros actos y comportamientos. Se trata
de un paso fundamental en la reconstrucción de la real vida femenina, en
comunión con nuestra propia naturaleza, y de paso reivindicarla en la sociedad.
La opresión que ha sido
impuesta a las mujeres por la configuración de las sociedades en un sistema patriarcal desde la edad antigua y hasta la
actualidad -que aún no logramos
deshacernos de aquellas prácticas tan debilitadoras de la cultura- el papel de la mujer, en el cual la iglesia
ha ejercido un rol fundamental, satanizando cualquier práctica que no
correspondiera a las impuestas.
Durante ese largo periodo de
tiempo, aquel papel ha sido básicamente el de ser esclavas del hombre,
traducido en formar un hogar, reproducirse y cuidar de él y los hijos;
condenando a las mujeres que se atrevieran a no seguir las reglas o pensar -en
el amplio sentido del verbo- de brujas y hechiceras, creando la connotación
peyorativa que hoy concebimos sobre esas palabras.
Pero la bruja en un contexto
arquetípico representa una poderosa diosa salvaje, “hace tiempo era un
calificativo que se aplicaba a sanadoras, tanto jóvenes como viejas, en la
época en que la religión monoteísta aún no se había impuesto en las antiguas
culturas”(Pinkola, 1969, pág. 78) .
Basta sólo mirar al pasado para
evidenciar esta situación histórica, en la que
se han presentado numerosos casos conocidos e innumerables desconocidos de
mujeres silenciadas, condenadas a la hoguera o cualquier otro tipo de muerte,
como lo fue en el periodo de la inquisición, solo por seguir los concejos de su
sabiduría innata o tratar de hacerlo, por reunirse con otras mujeres para
compartir sus conocimientos y por cualquier otra cantidad de motivos fueron
calificadas de brujas o hechiceras, conllevando a su posterior condena y muerte.
Tal opresión ha sido quizá
la responsable de que las mujeres accediéramos a renunciar a la sabiduría que
nos es propia, -digo que es porque solo debemos recordarla, aun nos pertenece-
. Olvidamos el significado de la vida instintiva, importante guía que si en
nosotras todavía viviera, no sería posible, ni medianamente aceptable, la
actual condición del papel femenino.
Las mujeres con el cambio de
época, luego de la revolución industrial, pensaron que al lograr la independencia
económica podrían vivir plenamente sus vidas y cumplir sus objetivos
personales, pero eso solo sirvió para que ellas tuvieran una ocupación más, por
lo tanto menos tiempo para desarrollar la vida interior.
Esa situación representa una
carga para cualquier persona, en este caso para las mujeres, que además de no
tener tiempo para conocerse a sí mismas ocupa también la energía disponible,
porque al final del día los esfuerzos no suelen verse reflejados en metas
cumplidas, ni en pasatiempos placenteros, lo que hace imposible la adquisición
de habitos enriquecedores de los procesos psicológicos o espirituales,
manifestaciones de creatividad o cualquier otro impulso instintivo.
La doctora Clarissa Pinkola
señala en su libro las mujeres que corren con los lobos:
“Si
no prestas atención a los tesoros que posees, éstos te serán arrebatados. Como
vemos en el cuento de Barba Azul, las mujeres que no se conocen se vuelven
presa, del sistema, del trabajo, de las responsabilidades, de ella misma.”(Pinkola,
1969, pág. 61) .
La iglesia católica, en su
forma de institución religiosa, ha sido una gran responsable en actos de
represión y abuso del papel femenino, existen muchos casos que lo evidencian de
este modo, como fue el ataque a Hipatia una maestra filosofa de Alejandría en el siglo V o el de Juana de
Arco en el XV, por mencionar solo algunos de los más conocidos, esto ordenado
por el poder la “santa iglesia”.
Pero por suerte para
nosotras no lograron matar nuestro
espíritu sabio, el cual sabe lo que le conviene y sobrevivió por siglos en el
inconsciente colectivo un impulso rebelde que históricamente nos trajo a las
mujeres contemporáneas hasta donde estamos, gracias a movimientos intelectuales
que objetaron no solo por la condición de la mujer sino del ser humano en
general como la ilustración y el feminismo.
Logramos llegar a un momento
en el que contamos con una mayor libertad de decidir acerca de nuestras vidas
(comparado con la épocas antiguas) aunque ésta no es del todo completa, pues
aún se practican muchísimas formas de violencia y represión en nuestra contra,
entre las cuales y tal vez la más grave, sea el acoso sexual.
También es incompleta
nuestra libertad porque no solo se nos ha privado de una educación en lo que
concierne a nuestra naturaleza femenina dejándonos indefensas ante los
depredadores culturales. Aun no poseemos los recursos intelectuales ni la
educación emocional completa para hacer uso de esa anhelada libertad, ni
siquiera contamos con los recursos para aprender a conocernos.
Ese tipo de educación parece
más bien un objeto que esconder, porque en Colombia estamos lejos de que esos
aprendizajes nos sean infundidos, pues la cultura y los medios comunicativos
promueven en su mayoría valores machistas, las instituciones están ocupadas
generando espacios diferentes al desarrollo del ser como persona ética y moral
y desde la familia, es imposible recibirla pues frecuentemente es permeada por
comportamientos, aunque muchas veces inconscientes, machistas y opresores.
Pero no todo es oscuro.
Existen Mujeres sabias, dispuestas a colaborar con otras para transmitir ese
tipo de conocimiento y comprensión de nuestro mundo, desde lo que somos a lo
que podemos ser.
Por lo tanto las mujeres
contemporáneas, que no contamos con el tiempo ni la formación para comprender
nuestro poder, nuestro fuego interno. Que somos también incapaces de darnos el
lugar que merecemos y luchar por él, y que por eso los hombres son igualmente
incapaces de reconocer nuestro potencial, por suerte hay algo que podemos
hacer, y que si en realidad queremos que esas situaciones cambien debemos
encomendarnos a una tarea:
Para
que los hombres puedan aprender a resistir el poder femenino, está clarísimo
que las mujeres tienen que aprender a resistirlo. Para que los hombres puedan
comprender a las mujeres, éstas les tendrán que enseñar las configuraciones del
femenino salvaje(Pinkola, 1969, pág. 78) .
Debo reconocer que aunque
son pocos los casos, pues la mayoría de
mujeres se encuentran sin uñas ni dientes para defender su naturaleza, existen algunas que saben reconocer el poder que
implica ser mujer, y se dan a la tarea de informar y educar a otras mujeres
para que también sean conscientes de ello.
Son mujeres que han logrado
una sanación del espíritu femenino y han dado un paso en la liberación, no solo
para ellas, sino para todas las mujeres que vinieron luego. Ellas, fueron y
son, mujeres que se revelaron ante el sistema opresor de sus cualidades y
capacidades, para darse a conocer ante el mundo y dejar su legado en las
siguientes generaciones.
La historia, así como se ha
visto fuertemente marcada por la desigualdad de género y la injusticia, también
ha contado con personajes que han hecho la diferencia ante tales condiciones,
por fortuna nuestra. Estas amplias y públicas manifestaciones que se han dado
por parte de personajes feministas, han sido posible gracias al cambio de época
hacia la modernidad, que dio paso a los movimientos feministas e intelectuales,
que no solo involucraron a personajes femeninos, sino que se vincularon también
algunos hombres para apoyar la causa.
El
paso hacia la nueva época nos ha permitido a nosotras cosas como el acceso a la
educación básica y superior, el acceso a trabajos y otros beneficios, pero al
mismo tiempo nos ha limitado el tiempo y la energía que podemos invertir en
nuestra propia vida, para crecer espiritual e intelectualmente, además, en el
imaginario colectivo todavía representamos un objeto de propiedad del hombre,
esto se ve evidenciado en muchos discursos “feministas” como el que dio el presidente
Barak Obama en el discurso inaugural de su segundo periodo: “nuestro viaje no
habrá culminado antes de que nuestras esposas, nuestras madres y nuestras hijas
ganen un salario equiparablecon su esfuerzo” Presidente Obama citado por (Sanín, 2015) .
Para
liberarnos de este gran sistema de opresiones y limitaciones nos falta aún
recorrer un camino muy extenso, pero el principal paso que debemos dar todas y
cada una de las mujeres es reencontrar la sabiduría que habita en nuestro
inconsciente, despertar esa anciana salvaje, y sanar nuestros instintos, estas
son tareas psíquicas imprescindibles que nadie podría realizar por nosotras.
La cura por tanto para la mujer
ingenua como para aquellas cuyo instinto está lesionado, es la misma: practicar
la escucha de la propia intuición, la propia voz interior; hacer preguntas;
sentir curiosidad; ver lo que se tenga que ver, oír lo que se tenga que oír.(Pinkola,
1969, pág. 62) .
Familiarizarnos
con esta faceta de lo femenino es una cura para nuestros espíritus que puede
facilitarnos los medios para luchar por nuestra posición en el mundo y nuestros
intereses como mujeres. Una sugerencia que podría hacer en este caso es recomendarle
al lector el libro que cito durante todo el escrito: Mujeres que corren con los
lobos, pues este es una gran ayuda para crecer en estos aspectos tan importantes
de nuestras vidas interiores; ya que se trata de un amplio estudio y la
recuperación de los cuentos de las antiguas tradiciones, y sobre ellos el
análisis del simbolismo arquetípico que contiene cada uno.
Bibliografía
Pinkola, C. (1969). Mujeres que corren con los
lobos.
Sanín, C. (2 de Abril de
2015). Revista Semana. Recuperado el 16 de abril de 2015, de Compartir
Mundo:
http://sostenibilidad.semana.com/opinion/articulo/compartir-mundo-carolina-sanin/32777
Villota, N. S. (sin fecha). www.repository.eafit.edu.co.
Recuperado el 16 de Abril de 2015, de Una libre historia de amor:
https://repository.eafit.edu.co/bitstream/handle/10784/1191/NataliaMar%EDaSof%EDa_P%E9rezVillota_2012.pdf?sequence=1
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