La vida secreta de Alice Munro, ganadora del
Premio Nobel de Literatura 2013
La canadiense, elogiada como la
“maestra del relato corto”, escribió casi todas sus obras en un cuarto de
planchar…
Por: Elvira Lindo en
Tomado de la revista Las 2 orillas
Fue en 1961 cuando en el periódico The
Vancouver Sun apareció un reportaje sobre una joven escritora, Alice Munro, que
había ido construyéndose una cierta reputación literaria publicando cuentos en
revistas o vendiéndolos para la radio pública canadiense. Munro tenía entonces
treinta años. En la foto que abre la entrevista vemos a una mujer atractiva con
sus dos hijas, de siete y cuatro años.
Aunque el simple hecho de que le
dedicaran un espacio en la prensa muestra que comenzaba a ser reconocida como
escritora de gran talento, el titular que encabeza el reportaje delata un
profundo anacronismo: “Ama de casa encuentra tiempo para escribir relatos”. En
la misma entrevista ella cuenta cómo aprovecha el tiempo de siesta de las niñas
para escribir en el cuarto donde ha colocado el cuaderno y la máquina. Esa
habitación propia que Virginia Woolf estableció como primordial para que una
mujer accediera a una vida plena estaba situada en el caso de Munro en el
cuarto de la plancha.
Su hija Sheila cuenta en un libro original
y conmovedor (Vida de madre e hijas. Creciendo con Alice Munro) cómo cuando
ella y sus hermanas irrumpían en aquella habitación su madre retiraba el
cuaderno a un lado, como si quisiera dar a entender que estaba haciendo algo
tan prosaico como la lista de la compra. Hoy, a sus casi ochenta años, Munro,
tan esquiva como entonces, despliega una especie de maternidad no deseada pero
real sobre todos los escritores canadienses. Bautizada en su país como “nuestra
Chéjov”, Alice Munro construyó la base del realismo moderno canadiense, que en
el país vecino, Estados Unidos, se había cimentado mucho antes; pero, además,
la penuria de una niñez rural en la provincia de Ontario hace que su propio
recorrido vital y el que cuenta en sus historias se hayan convertido, con el
tiempo, en un espejo que agranda la vida de las personas humildes.
Munro ha escrito en alguna ocasión que
no necesita elaborar ni embellecer a sus personajes: “La vida de la gente es
suficientemente interesante si tú consigues captarla tal cual es, monótona,
sencilla, increíble, insondable”. Sólo quien no tiene perspicacia para ahondar
en el alma humana hace una distinción entre personajes fascinantes, con brillo
social, y aquellos que parecen destinados a caer en el olvido. Estos últimos
son los que pueblan el mundo imaginario de Munro, los que mejor conoce,
aquellos entre los que se crió, a los que deseó ser infiel, luchando por poner
tierra por medio y estudiar en la universidad, y a los que ha sido tozudamente
fiel desde su literatura.
Munro creció en el seno de una familia
presbiteriana, no fanáticos religiosos pero sí personas de una ética muy
estricta. Mientras que en Estados Unidos, el elefante dormido al otro lado de
la frontera, la religión siempre estuvo aliada con la ambición económica, en
estas familias de pioneros escoceses el trabajo era un fin en sí mismo y
mostrar un excesivo interés por el dinero o hacer evidente cualquier tipo de
veleidad ajena a la vida común era considerado un pecado de vanidad. Su padre,
Robert Laidlaw, que trató infructuosamente de sacar adelante un criadero de
zorros, era un hombre humilde pero amante de la literatura.
Procedentes de una tradición de
grandes lectores de la Biblia los Laidlaw escribieron diarios que se han
convertido en auténticos relatos de la dura vida de los pioneros. La escritura
sin vanidad. Esa fue la escuela moral de la joven Alice. Y a pesar de que en su
propia peripecia vital se resumen los grandes cambios que para la mujer supuso
el siglo XX -de la necesidad de casarse para huir de su destino a convertirse
en una mujer emancipada en los setenta-, su manera de entender el oficio
literario sigue estrechamente unida a la moral presbiteriana: trabajar sin
hacer exhibición de los logros, casi secretamente.
No es casual que la biografía que sobre
ella escribió Catherine Sheldrick lleve por título A double life. Una vida
doble, aquella que todos veían, la de esposa y madre, y otra tan oculta como
firme y poderosa, la que le proporcionaba esa mente fantasiosa que le permitió
crearse una existencia paralela desde los 12 años. Hace unos tres años publicó
La vista desde Castle Rock en donde rendía homenaje a sus antepasados,
acompañándoles en su viaje de Escocia a la nueva patria. Los amantes de la
literatura de Munro se alarmaron cuando esta afirmó que dejaba para siempre la
escritura. Por fortuna, se sintió incapaz de adaptarse a la vida de “las
personas normales”.
Hubo de reconocer que a esas alturas
de su vida no sabía hacer otra cosa. El resultado de ese regreso es este
deslumbrante Demasiada felicidad, diez relatos que contienen el universo de
Munro y algo más: una mujer que visita en la cárcel a un marido que le mató a
sus tres hijos; una viuda que abre la puerta a un asesino; una madre que
reencuentra a un hijo tras años sin tener noticias de él; dos mujeres que
comparten un recuerdo inconfesable de cuando eran niñas… Todos ellos
arrastrando decisiones o recuerdos que les marcaron la vida, sobreviviendo al
desastre, sobreponiéndose a la adversidad como sólo saben hacerlo los
personajes nada heroicos.
Hay momentos en los que el lector
siente que se le hiela la sangre. Sin estridencias, en apenas una frase que a
menudo pasa desapercibida en una primera lectura, Munro ofrece una clave que
dará luz a la historia. No son cuentos para el lector desatento. Es una
escritura engañosa en su sencillez, bella y extraña, que exige una entrega en
la lectura y, a menudo, una relectura para entender más hondamente lo leído.
Dijo un crítico canadiense que Alice Munro “inventa la realidad”. En este caso
ha inventado o dado luz a una realidad sombría: “Espero que los lectores no
encuentren estos relatos muy lúgubres, pero la vida casi siempre es dura”.
Los amantes de la literatura de Munro
no esperamos otra cosa que su mirada, realista en el sentido más noble, universal
como sólo pueden serlo las historias locales, cruda y siempre misteriosa. Pero
es curioso que el menos munroniano de todos los relatos es el que da título al
libro. Es la historia de una matemática y novelista rusa de últimos del XIX,
Sofía Kovalevski, que Munro encontró por azar y de la que quedó prendada.
Aunque el paisaje es ajeno a Munro, la escritora pone en boca de Sofía uno de
esos pensamientos que a menudo asaltan la mente de las mujeres de sus cuentos:
“Cuando un hombre sale de una habitación deja todo detrás, cuando una mujer lo
hace lleva todo lo ocurrido en esa habitación con ella”.
Cuando leía esta suerte de novela rusa
comprimida me aventuré a pensar que la escritora había tenido en mente a Chéjov
mientras la escribía. Buscando en las entrevistas que le hicieron en su país me
encontré con este curioso comentario que la delata como mujer apasionada y
sincera: “Mientras lo escribía pensaba si Chéjov se habría enamorado de mí de
haberme conocido. Creo que no, a los hombres no les gustan las mujeres como yo.
Pero quién sabe, él finalmente se casó con la actriz Olga Knipper que
arrastraba su propia fama, así que… Sí, es posible que yo le hubiera gustado”.
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