Compartir el mundo
Por: Carolina Sanín*
Tomado
de la revista Semana
La aspiración del feminismo, para mí, es la de compartir plenamente el
mundo; la de hacer un mundo que contemple, en su constitución, el poder, la felicidad
y la naturaleza femeninos; la de crear una realidad de inclusión sin
concesiones.
En el discurso
inaugural de su segundo período presidencial, Barack Obama dijo: “Nuestro viaje
no habrá culminado antes de que nuestras esposas, nuestras madres y nuestras
hijas ganen un salario equiparable con su esfuerzo”. La declaración, que
mereció muchos aplausos, tenía, para mí, un problema grave. Se nombraba a las
mujeres en referencia a sus relaciones matrimoniales, maternales y filiales; se
les anteponía el posesivo y se aludía a ellas desde un nosotros que no las
incluía aunque las considerara. Hace pocos días oí algo similar en el discurso
—también bienintencionado y sensible— de varias personalidades nacionales con
ocasión del Día de la Mujer. “Sin las mujeres no podríamos vivir”, se decía.
Ese discurso cometía el mismo error que el de Obama. No es solo que no sea
posible la vida sin mujeres —eso ya lo sabemos y no es el problema: las mujeres
y los hombres hemos compartido la vida desde que existimos—, sino que el mundo
no es enunciable sin mujeres, y que el lugar desde el que se observa una
identidad y una sociedad humanas —un “nosotros”— no existe si no es el lugar
desde donde hablan las mujeres tanto como los hombres. La aspiración del
feminismo, para mí, es la de compartir plenamente el mundo; la de hacer un
mundo que contemple, en su constitución, el poder, la felicidad y la naturaleza
femeninos; la de crear una realidad de inclusión sin concesiones.
Parece que hay una
ola nueva de aprobación superficial del feminismo, cuyas abanderadas son
personalidades del espectáculo (a propósito, me pregunto por qué las actrices
feministas que se manifiestan en la ONU y en los Premios Oscar no indagan sobre
el significado y las implicaciones de prácticas concretas de su oficio; por
ejemplo, del hecho de que se confiera un premio a la “mejor actriz” y otro al
“mejor actor”). Es alentador que esta nueva ola de aprobación mediática tenga
eco y que influya en la opinión pública, pues indica que cada vez más personas
se dan cuenta de que el caso de una mujer que diga que no es feminista es tan
contradictorio y alienado como sería el de un esclavo que no estuviera de
acuerdo con la abolición de la esclavitud. Sin embargo, esta tendencia también
presenta un problema. En su proclama, la mayoría de las nuevas abanderadas del
feminismo tienen cuidado de limitarse a la defensa de la igualdad de derechos
entre hombres y mujeres (en particular la igualdad de beneficios laborales,
que, aunque esté lejos de practicarse universalmente, es, en teoría, difícil de
controvertir). El feminismo del siglo XXI va más allá de eso. Debe asumir el
esfuerzo de imaginar un nuevo orden, de reflexionar profundamente sobre nuestra
noción de justicia. El deseo intenso por la igualdad entre los sexos implica
trabajar por una solidaridad radical.
El feminismo, la
posición que reconoce la opresión más básica y pertinaz de nuestra
civilización, debe llevarnos a cuestionar todas las desigualdades sociales,
económicas y culturales; debe llevar a que pensemos en las naciones oprimidas,
en las clases oprimidas, y, más allá —o en primer lugar— en las especies
oprimidas; debe guiarnos en el esfuerzo por comprender que la historia humana
debe ser la constante ampliación e intensificación de los conceptos de libertad
y dignidad.
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